‘Wonder Wheel’: La decepción de la vida según Woody Allen

Woody Allen regresa a su cita anual con el cine para traernos ‘Wonder Wheel’. Esta es nuestra crítica sin spoilers hacia esta oda a la decepción que es la vida.

De un tiempo a esta parte, Woody Allen se ha convertido en uno de esos viejos amigos con el que te reencuentras una vez al año y sabes, poco a poco, algo sobre su vida. Pero, en lugar de venirte con una botella de vino o un regalo bajo el brazo, el neurótico cineasta neoyorquino llega con una película. En esta ocasión: ‘Wonder Wheel‘. Una película que habla sobre la decepción de la vida o, valga la redundancia, sobre la vida en sí. Porque la vida es decepcionante. Alguien que lleva tanto recorrido a sus espaldas como Woody Allen sabe cómo contarte esto sin caer en la vorágine ampulosa de realizadores como Terrence Malick, Yorgos Lanthimos o el propio Lars Von Trier. En ‘Wonder Wheel‘ todo es triste y alegre y triste otra vez. Es la vida, con las dos caras de la moneda bien marcadas.

Estirado hasta el límite y próximo al teatro de variedades, Woody Allen dibuja una Coney Island de ensueño con la fotografía de Vittorio Storaro para volvernos a contar el mismo chiste. El que todos conocemos.

Todo en ‘Wonder Wheel‘ resulta teatral. Desde una Coney Island tan cerrada como los espacios de una sit-com hasta la interpretación de un reparto excesivamente ecléctico. Pero, ¿qué es la vida, además de una decepción? Es teatro. Una interpretación de roles que aquí Woody Allen ha deformado hasta casi llegar al esperpento. Los protagonistas de ‘Wonder Wheel‘ están estirados al límite. Tenemos a una mujer (Kate Winslet) anclada en su miserable existencia que sueña con un pasado que ya no volverá y que se ahoga en sus errores de antaño; a un joven y atractivo escritor (Justin Timberlake) que vive en el Greenwich Village de Nueva York y que sueña con escribir grandes obras; también a un padre agresivo y alcohólico (James Belushi) que añora a su hija perdida, y a la hija perdida (Juno Temple) que vuelve a los brazos de su padre tras una corta vida traumática.

El reparto se adapta a los personajes con una facilidad pasmosa. No importa que el vodevil o el teatro de variedades que es ‘Wonder Wheel’ baile al son de una escopeta de feria o una gigantesca noria. La hermosísima dirección de fotografía de Vittorio Storaro nos conduce a través de una travesía de emociones que nos trasladan al mejor cine de Woody Allen. Es cierto que ese nervioso cineasta de ‘Manhattan‘ o ‘Annie Hall‘ se perdió con el paso de los años. El neoyorquino ha vivido tanto que no tiene pudor a la hora de hincarle el diente a la miserable existencia. Ese amargo regusto final, propio de series como ‘BoJack Horseman‘, no empaña una historia que parecía tener una salvación.

Al final, aunque no salga, volvemos a tener a Woody Allen contándonos el chiste de las dos ancianas en una residencia hablando sobre cómo de horrible es la comida que les dan y que lo peor de todo es que las raciones son muy pequeñas. Sí, la vida es una decepción. Pero, al menos, es vida. Una vida que tenemos, al fin y al cabo.

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